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Reflexiones Finales

Posted: December 14, 2010 in Reflexiones Finales

A la hora de llevar a cabo unas conclusiones sobre nuestro trabajo ha sido necesario analizar la situación de la sociedad actual y de los tipos de público y tendencias que dentro de la misma predominan. Es evidente que en la actualidad, el modo de vida y los valores de la gente distan notablemente de los que estaban presentes en décadas precedentes, pues nos encontramos en una serie de generaciones que, al contrario que las anteriores, no han vivido ambientes hostiles ni dificultades que les hayan llevado a buscar en la música un fenómeno que refleje sus sentimientos e inquietudes.

Profundizando en este aspecto, la juventud de los años sesenta se caracterizaba por ser crítica ante una serie de conflictos tangibles cercanos a ellos producidos por la decadente situación económica derivada de la posguerra. Ante ello, los artistas utilizaban formas básicas de expresión como el blues o el folk, estando promocionados por la industria de la radio y las primeras discográficas. Este movimiento desató una oleada de pensamientos que rompieron con el modelo de vida promovido durante el decenio anterior, acabando así con el silencio de una sociedad joven que acababa de descubrir nuevas formas de expresión.

A medida que hemos avanzado en el tiempo, la mayoría de países del llamado Primer Mundo han conseguido garantizar a sus ciudadanos un nivel de vida mucho mejor, aumentando a su vez el conocimiento con la llegada de la sociedad de la información. El individuo se encuentra en una situación claramente más cómoda pero se enfrenta a una serie de problemas que ya no son inmediatos, es decir, a un entramado político, económico y social cuyos escenarios están alejados de su vida cotidiana (cambio climático, acentuación de las diferencias con el Tercer Mundo, la hegemonía de las grandes potencias, etc.). A diferencia de generaciones anteriores, no es capaz de construir críticas consistentes por culpa del progresivo avance de un hedonismo empujado por el mercado de la sociedad de consumo. A su vez, la falta de profundización les convierte en una masa que prefiere la inmediatez, conscientes de la constante renovación y carentes de interés por temas que conlleven consigo tiempo y reflexión.

El producto en cuestión se convierte en un icono para el público. En concreto, se trabaja sobre una doble vertiente: la palabra y la imagen. Tratando el concepto, se basa concretamente en la elección de un nombre adecuado para nuestro producto, así como una serie de frases para su promoción mediante las cuales transmitir los valores buscados. Como ejemplo tenemos a KISS, un grupo surgido para aprovecharse del triunfo de bandas como Queen en los estadios norteamericanos. De este modo, podemos ver que el grupo asimila un nombre simple y potente a la vez, entremezclado con la iconografía nazi (véase la clara alusión a la SS en su logo) para crear polémica a la vez que se introducen rápidamente en la mente de las personas. Otro ejemplo acerca de la importancia del nombre, podemos encontrarlo en Nirvana:

En segundo lugar tenemos un modelo de imagen que atrae a la masa y la hace moverse dentro de unos parámetros de homogeneidad marcados por el mismo. Así, su música ha de estar adaptada a las tendencias de la actualidad, como son la búsqueda de la rapidez y de lo novedoso.

Con esto podemos ver que el fruto de dicho trabajo sobre el producto es la imagen mental, siendo su objetivo primordial la creación de una mitificación cuyos atractivos están trabajados sobre una concepción exagerada de la realidad. Tomando el ejemplo anterior, el propio Paul Stanley, de KISS, comenta cómo la expectativa y la idealización del público fueron desde un principio un elemento clave para su triunfo:

Con esto vemos que el grupo ofrece a sus fans lo que quieren ver y oír, lo cual está alejado totalmente de las preocupaciones y los problemas individuales y generales de la vida cotidiana; es decir: les ofrecen un margen.

Este tipo de icono actual es diferente al de hace algunas décadas. Mientras este último escondía tras sí una cultura creada a base de ideologías, el de hoy en día se asienta sobre los pilares de la industria y el consumismo. Es un icono mucho más moldeable, pues no tiene personalidad, trasfondo, ya que es algo creado por terceros. Su esperanza de vida es mucho más corta. Así como anteriores figuras siguen presentes y consideradas importantes en el panorama musical del momento, los nuevos ídolos desaparecen con la misma rapidez que entraron en escena.

Dentro de esta sociedad tan propensa a ser manejada por lo que la industria les ofrece a través de las imágenes, las productoras se aprovechan de técnicas como la  constante repetición para crear unos gustos artificiales y adoptables por cualquier persona. Así, lo que individualmente sería rechazado, colectivamente se convierte en una moda. El siguiente video, un anuncio de MTV Argentina, muestra de manera simple el mecanismo por el cual un producto (personificado en el excremento) puede pasar de un extremo a otro. Como podemos ver, el hecho de relacionarnos implica un contraste entre nuestros intereses y los del resto, teniendo un gran peso la necesidad de integrarnos en la conciencia colectiva:

No queremos decir con esto que un producto musical que se expanda y llegue a todo tipo de público, haya de empeorar su calidad por norma, aunque es un hecho que en multitud de ocasiones el nivel de algunos grupos minimalistas ha disminuido exponencialmente a medida que sus fans aumentaban en número. Esto es debido a que la simplicidad mueve a las masas, es decir, se deja a un lado la teorización (a nivel compositivo) para expresar el mismo mensaje de la manera más estándar posible para que sea captada por un público mayoritario. Como ejemplo, en el siguiente vídeo, un grupo humorístico interpreta cuarenta de las canciones más escuchadas de los últimos años con los mismos acordes:

La comercialización conlleva en la mayoría de los casos la pérdida de las señas de identidad iniciales en favor de otras estereotipadas que generan un mayor consumo. Es en este punto donde los músicos han de decidir si vale la pena sacrificar su espíritu y renovarse como medio para alcanzar el éxito o simplemente para mantenerse cuando su etapa de auge haya terminado; o por el contrario continuar por el camino que le identifica defendiendo sus principios. Este momento clave en la carrera del artista conlleva una evaluación de sus prioridades, pero al fin y al cabo se basa en un periodo concreto y en una oportunidad que se ha de tomar o dejar en función de sus expectativas. Este dilema tiene en muchos casos resolución con el Carpe Diem, asimilando la dinámica juvenil actual como un empujón para subir a lo más alto, sin importar cuánto nos mantengamos en la cúspide. Podemos ver el ejemplo del propio Bruce Springsteen hablando de su propia experiencia:

El triunfo pues, depende de dos aspectos. El primero y más inmediato es la aceptación del público. El segundo está basado en el trabajo de un entramado empresarial destinado a analizar y satisfacer a dicho público, procurando que la imagen proporcionada se adapte constantemente a la dinámica social. Este deber de supervivencia genera una presión que los artistas no siempre son capaces de de sobrellevar y el abandono de esta apariencia puede conducirles a su decadencia e incluso a su desaparición social y de mercado.

Ante todo esto, cabe considerar que la música desde un nacimiento es un hecho social y no individual, el ser humano la utiliza para compartir y expresar emociones al conjunto. De este modo, la individualidad que nos caracteriza por separado es aplicada en la música sobre unas bases generalistas; por lo cual aportamos nuestro grano de arena al resto utilizando mecanismos desarrollados por otras personas o bien inspirándonos en ellos.

Para ilustrar este complejo concepto de individualidad, utilizaremos un extracto de la serie Evangelion, introduciendo a su vez una cita del cantante David Bowie:

La maquinaria de la vida obstaculiza el potencial para desarrollarnos como seres humanos y crecer. Las estímulos externos evitan el desarrollo individual…”

Con esta concepción de la música como elemento esencial para las relaciones dentro de seno social determinado, podemos ver que en sus inicios cada cultura tenía un estilo musical adherido que le identificaba. De este modo, el contenido y la forma respondían a los valores predominantes en ese grupo cultural. Es importante recalcar las dificultades que existían para que las diferentes culturas se interrelacionaran ya que la comunicación respondía a un modelo interno, y por tanto abarcaba espacios más limitados.

Con la llegada de la globalizacón, los diversos grupos culturales se asociaron cada vez más para entretejer progresivamente un modelo más homogéneo. Dentro del progreso, la industria cultural tuvo un papel decisivo en la creación de una cultura universal, global, la cual presuntamente se alza como una vertiente en la cual confluye el conjunto de las sociedades. Su labor, por tanto, es la de crear una referencia común para la mayoría sin importar su procedencia o condición. Sin embargo, las diferencias están muy marcadas y es evidente que el flujo cultural  que nos ofrecen las grandes empresas nace en función de una serie de intereses. Estos discriminan valores fundamentales de aquellas sociedades que se alejan del modelo occidental de carácter capitalista. Así como el modelo económico, otros factores religiosos, políticos e ideológicos característicos de occidente obtienen mayor seguimiento y aceptación en el mensaje de los grandes medios de comunicación.

Ante esto, cabe comentar que la existencia de la industria conlleva dos problemas de base. El primero es el enriquecimiento minoritario de aquellos que controlan la maquinaria a costa del consumo cultural de los ciudadanos. Esto crea un mercado a medida, que limita la creación y participación del público encauzando la producción en un sólo sentido. En segundo lugar, esta sustitución de la cultura regional deja en un segundo plano los valores fundamentales y las necesidades de cada grupo social. Este es el punto más peligroso, dado que la cultura no sólo entretiene sino que también forma a los seres humanos, los cuales en muchas ocasiones consumen y generan ideas que no se corresponden con su realidad.

La industria cultural está fundamentada sobre una dinámica empresarial que utiliza como máscara la cultura, la cual sirve como excusa para llevar a cabo sus propósitos.

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